El optimismo global que llevó a decretar el fin de la Historia en los años 90 ha dado paso al momento de mayor inestabilidad geopolítica desde la Guerra Fría. La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha alterado el viejo orden internacional basado en reglas sobre el que se cimentó la paz tras la Segunda Guerra Mundial, y emerge un nuevo orden tripolar cuyos vértices son Estados Unidos, China y Rusia.
La hostilidad manifiesta de Trump a Europa, a quien considera un enemigo en lo comercial y un lastre en lo militar, y su cambio de postura sobre la invasión rusa de Ucrania dejan a la UE en una situación vulnerable e inédita. La guerra se libra desde hace tres años en territorio europeo, pero su futuro, hoy como ayer, se decide en Washington.
La ayuda bélica y estratégica prestada por Estados Unidos ha permitido a Kiev resistir los embates rusos hasta ahora, pero Trump y Putin parece que ya han pactado los términos del fin del conflicto, sin participación de Ucrania ni de Europa. Para encontrar parangón a la humillación a la que fue sometido Zelenski en el Despacho Oval hay que remontarse, quizá, a la coronación del kaiser Guillermo en Versalles que precipitó la capitulación gala en la guerra francoprusiana. Con la diferencia de que al escarnio de Zelenski asistieron cientos de millones de personas en directo. En cualquier caso, las lecciones del siglo XIX debieran valer también para el XXI: el ultraje y el resentimiento no pueden ser simiente de nada bueno.
Trump ha puesto fin a la estrategia de ostracismo y sanciones a Rusia, y a la alianza occidental que la sostenía. Ahora se dispone a repartirse con Putin el aprovechamiento minero del territorio ucraniano ocupado ante la perplejidad de Europa. La Unión ha fiado durante demasiado tiempo su seguridad al amigo americano, y ahora trata de reaccionar al cambio de paradigma desde una debilidad manifiesta: acometido el Brexit, con Francia y Alemania acuciadas por problemas internos y con un nacionalpopulismo en auge que divide a los Estados miembros. A estas restricciones hay que sumar otras aún más limitantes: los arsenales europeos no pueden suplir al americano para competir con el ruso, y la tecnología de nuestras empresas no se acerca ni de lejos a la que ha venido suministrando Elon Musk a través de Starlink.
Tal constatación es un mazazo, pero más vale aprender una lección tarde que nunca: Europa dormía y ha despertado. La Comisión ha entendido que la Unión debe tomar las riendas de su destino. No se trata de dar por rotas las relaciones atlánticas, que habrá que cultivar con todo el talento diplomático disponible, pero Europa debe ser capaz de garantizar su seguridad sin depender de terceros países.
Es una buena noticia que Von der Leyen haya anunciado un plan de 800.000 millones para rearmar Europa que exigirá a los Estados elevar en 1,5 puntos del PIB su gasto en defensa. El desafío, desde luego, es formidable, especialmente para España, última de los 27 en el esfuerzo militar. El compromiso se ve amenazado, además, por la división interna del Ejecutivo de Sánchez, que, por segundo año consecutivo, no ha sido capaz de presentar un proyecto de presupuestos, vulnerando el precepto constitucional.
A la precariedad de la coalición hay que sumar la distorsión que introduce Vox, que no parece tener claro dónde está su lealtad en esta hora incierta. La nota optimista es que PP y PSOE comparten alineamiento con la causa europea, lo que demuestra que la más firme oposición al Gobierno es compatible con los consensos de Estado básicos. Ninguno es más importante ni más urgente que aquel que sirva a la UE a superar el trance más crítico desde su fundación. Pero, para ello, Sánchez debe derribar el muro. La defensa europea es también la defensa de España. Y por encima de cualquier partidismo ha de estar la nación. Quien lo olvide estará cometiendo un error histórico.