Europa se mueve, pero no está claro hacia dónde. En Francia, el llamado Frente Republicano ha logrado cerrar el paso a la extrema derecha de Reagrupamiento Nacional, que fue primera fuerza en la primera vuelta de las elecciones legislativas, y que en la segunda y definitiva cayó hasta el tercer puesto.
Con la victoria se ha alzado el Nuevo Frente Popular, la coalición que engloba a La Francia Insumisa de Mélenchon, el Partido Socialista, los comunistas y los verdes. Y la segunda posición ha sido para Ensemble, el bloque que lidera el partido de Macron, que ha conseguido contener su hundimiento en la primera ronda de votaciones, y que podría desempeñar un papel destacado en el nuevo ejecutivo que habrá de cohabitar con la presidencia del Elíseo.
Sin embargo, debemos ser cautos antes de celebrar una «revolución republicana» que habría transformado Francia en el transcurso de una semana. La coordinación del voto y la movilización de abstencionistas han conseguido lastrar a RN en términos de escaños, pero sus apoyos son sólidos: la extrema derecha volvió a ser la fuerza más votada en la segunda vuelta, con más de diez millones de votos y un 37% de los sufragios; lejos de los siete millones que obtuvo el Nuevo Frente Popular y de los 6,3 millones de Ensemble.
RN tenía ocho escaños en 2017 y ahora tiene 143. De momento, Francia no tendrá un primer ministro de derecha radical, pero, si no se atienden las causas socioeconómicas que están detrás de su progresión, llegará el día en que el «escudo repúblicano» no sea suficiente para impedir su acceso al gobierno. Un cordón sanitario puede funcionar para aislar a una formación de tamaño menor, pero pretender excluir de las instituciones de forma permanente a cuatro de cada diez electores se parece más a cavar una trinchera en mitad de la sociedad que a un procedimiento de profilaxis democrática. Y arroja alguna pregunta incómoda: ¿Cómo de militante puede ser una democracia antes de caer en actitudes antidemocráticas?
Francia se ha convertido en un caso político de eso que Sartori llamó «pluralismo polarizado», con oposiciones bilaterales —esto es, a los dos lados del partido gobernante— que se excluyen entre sí, cuya crítica no se centra tanto en políticas concretas como en el sistema mismo, y cuya discrepancia se expresa en términos de valores profundos. Tanto RN como LFI de Mélenchon responden a esa descripción de partidos antisistema separados por un abismo doctrinal e ideológico, y la alianza coyuntural de Macron con el Nuevo Frente Popular solo será viable si logra articular un gobierno moderado, que renuncie al programa radical de LFI y ocupar el centro.izquierda.
Para muchos franceses, el intervencionismo y antisemitismo de LFI no son menos inquietantantes que el proteccionismo y el racismo de Le Pen. Prueba de ello es que el NFP se dejó dos millones de votos entre la primera vuelta y la segunda, lo cual sugiere que muchos votantes de centro prefirieron abstenerse allí donde Ensemble retiró a sus candidatos que votar al bloque de izquierdas. El 54% de los votantes de Ensemble respaldó a candidatos del NFP allí donde se demandó la coordinación del voto republicano, frente al 72% de electores de izquierda que hizo lo propio con los candidatos de centro.
Pero la posición de Macron es frágil, y ese debilitamiento del centro también es propio del pluralismo polarizado, que genera dinámicas centrífugas e incentiva oposiciones irresponsables y políticas de superoferta: los partidos de los extremos saben que tienen pocas posibilidades de gobernar, y eso les permite radicalizar sus discursos y sus promesas, por las que no habrán de rendir cuentas, mientras el centro asume todo el desgaste de la gestión.
A la espera de formar gobierno, la izquierda gana en Francia, como lo hizo también hace unos días en Reino Unido. Pero la marea reaccionaria no ha alcanzado su pleamar. Mientras no atendamos las causas del descontento que la impulsan, será la polarización la que gobierne Europa.