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Lo político es personalísimo: la deriva narcisista de la política

Cataluña afronta en pocos días unas elecciones autonómicas que serán la tercera cita electoral para los españoles en lo que va de año. Pero la campaña dista mucho de estar desarrollándose por los cauces democráticos y pluralistas deseables, secuestrada mediáticamente por dos egos que atenazan las políticas catalana y del conjunto de España desde hace más de un lustro.

 

Por un lado, Puigdemont ha elevado el tono de su discurso, se ha presentado como el único candidato que actuará al servicio de Cataluña (de la Cataluña independentista, se entiende) y no al dictado de Madrid, y ha anunciado que estará presente en la investidura del próximo president de la Generalitat, sea él o no. No es la primera vez que hace esa promesa para después incumplirla y continuar condicionando desde Waterloo la política catalana y española con invectivas que dan cuenta del chantaje al que tiene sometido a Pedro Sánchez, y que suenan como una amenaza a todos los españoles. Cataluña lleva demasiado tiempo girando alrededor de un prófugo de la justicia, mientras el debate político catalán languidece, desatendido, como los campos de cultivo que maltrata la sequía.

 

Pero hay más. La deriva personalista de la política catalana tiene su correlato en Madrid, tal vez porque hace seis años que el procés dejó de circunscribirse a las fronteras de Cataluña para emprender, bajo el sanchismo, su nacionalización. Así, el protagonismo de Puigdemont ha quedado eclipsado por la decisión de Sánchez de poner en cuestión su continuidad al frente del Gobierno, desmentida cinco días más tarde en un ejercicio de narcisismo sin precedentes en España, y que evoca los peores paralelismos con el caudillismo populista que tanto mal ha hecho a América Latina.

 

Lo político es personalísimo: desde 1978, la política nunca fue tan vertical como hoy. El presidente del Gobierno ha supeditado todas las instituciones (la justicia, el Parlamento, la monarquía, su propio partido, ¡incluso el matrimonio!) a su vocación de perpetuarse en el poder. España está en manos de dos egos sin medida: uno duerme en la Moncloa y el otro lo llevó hasta allí desde Bélgica.

 

Llegados a este punto, la campaña autonómica es, en efecto, una campaña nacional; el respeto a la Constitución, la dignificación institucional y la ambición reformista son, en Cataluña y en toda España, una necesidad impostergable.

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