Inmigración: menos eslóganes y más acción

Los sucesos de Torre Pacheco han vuelto a poner el foco en la inmigración, y nos obligan a reflexionar sobre ella. Estamos ante un fenómeno complejo, que sacude las democracias y que ha desatado problemas de convivencia, seguridad y racismo. Su abordaje es cualquier cosa menos sencillo y, sin embargo, el tratamiento político que recibe es a menudo simplista, ideológico y sentimental. Es muy fácil generalizar sobre todas las personas de origen migrante, incurriendo en una injusticia que recuerda a aquella que comete alguna izquierda cuando habla de todos los hombres como maltratadores o violadores en potencia, y añadiendo un estigma a las dificultades de partida que ya arrostra quien trata de labrarse un futuro mejor lejos de su casa. Hacer electoralismo a costa de miembros vulnerables de la sociedad no es responsable ni puede contribuir a un país mejor. Y, además, de quien cree que la inmigración es la mayor amenaza que afronta la nación cabría esperar políticas públicas serias y detalladas, en consonancia con la gravedad que se denuncia.  El maximalismo conduce inexorablemente a la frustración, y ahí se encuentra, involuntariamente, con la pasividad de una izquierda que cree que puede suplir la gestión con exhibicionismo moral, mientras los cadáveres se acumulan en el fondo del Mediterráneo. Defender la inmigración como una aportación valiosa no justifica la ausencia de una política de control de fronteras rigurosa. Y no cabe ocultar, tras un discurso santurrón, los dilemas y conflictos que plantea. Para empezar, porque los problemas de integración y convivencia tienen lugar, casi siempre, en las barriadas y los municipios más humildes. Así que no puede haber mayor injusticia social que la que comete, en nombre del progresismo, un Gobierno que abandona a la clase trabajadora. Y que ha olvidado que la seguridad es la condición de posibilidad de la libertad. Atajar estas situaciones es un derecho de todos los españoles que las padecen, pero también de esa inmensa mayoría de inmigrantes honrados que también son víctimas, y que no deben cargar con un baldón que es de otros. La intransigencia ante el crimen es la mejor vacuna contra el racismo y concita un consenso social felizmente extemporáneo en mitad del paisaje polarizado. Apoyados en ese respaldo ciudadano, hay que impulsar y acordar una nueva política migratoria que dé respuesta a las necesidades y la realidad nacional. Esa nueva estrategia debe partir de una premisa insoslayable: que un Estado se define en sus fronteras y en el ejercicio de su soberanía. España debe tomar el control de los flujos de población que llegan a su territorio. Tenemos que hacer realidad la única vía de entrada que tiene sentido en un Estado: la legal, basada en la colaboración con países de origen, las empresas que buscan trabajadores y donde todos los inmigrantes contribuyen al progreso del país. La escuela tiene que ser garantía de igualdad de oportunidades y prevenir la segregación. También las políticas de integración deben ser más audaces y superar la extranjería, dando respuesta a toda una generación de jóvenes atrapados en la anomia: la de quienes han nacido ya en España pero no se sienten miembros de pleno derecho de la sociedad, la de quienes han perdido las raíces de sus padres o abuelos, pero no han echado raíces propias en nuestro país. Sin olvidar que estamos ante un fenómeno global, y que las fronteras de España son también las fronteras de Europa: la Unión Europea ha de actuar coordinadamente ante el desafío. Por último, a los países de los que parte la inmigración irregular hay que pedirles mucho más. Y no se trata únicamente de una labor de vigilancia y control de las mafias y los flujos migratorios, sino, fundamentalmente, de la provisión de oportunidades y prosperidad para su propia población, que no emprende un viaje arriesgado y tantas veces letal por placer, sino por desesperación. El Mediterráneo ha sido inspiración de los poemas de Kavafis, de los prodigios de Arquímedes de Siracusa, de las historias de Heródoto, de El Extranjero de Camus y del esplendor de Constantinopla. No permitamos ahora que sea recordado como el gran cementerio de Occidente.